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REBECCA SOLNIT: Los hombres me explican cosas


Sigo sin entender por qué Sallie y yo nos tomamos la molestia de ir a esa fiesta en las colinas boscosas cerca de Aspen. Todos los invitados eran mucho mayores y aburridos, aunque de un modo distin- guido. Nosotras, ya cercanas a los cuarenta, resul- tamos ser las jovenzuelas del evento. La casa era magnífica —si lo tuyo son los chalés estilo Ralph- Lauren—, una cabaña lujosa y rústica, a tres mil metros sobre el nivel del mar, con todo y cuernos de alce, un montón de alfombras orientales y una estufa de leña. Nos preparábamos para salir cuando nuestro anfitrión dijo: “No, quédense un poco más, para que pueda platicar con ustedes”. Se trataba de un hombre imponente y adinerado.

Nos hizo esperar mientras otros invitados avan- zaban hacia la noche veraniega, hasta que por fin nos invitó a tomar asiento en su mesa de madera, auténtica y artesanalmente defectusosa, y se di- rigió a mí. “Me cuentan que has escrito un par de libros”.

“De hecho, varios”, le respondí.

Después de escucharme, y con el tono entusiasta que uno usaría al dirigirse a una niña de siete años para hablar de sus clases de flauta, me preguntó: “¿Y de qué tratan?”

Los que se habían publicado, seis o siete para ese entonces, trataban sobre una variedad de temas diferentes, pero en ese día de verano de 2003, empecé a hablar sobre el más reciente, "Río de sombras: Eadweard Muybridge y el viejo oeste tecnológico" (River of Shadows: Eadweard Muybridge and the Technological Wild West, New York, Viking, 2003) sobre la industrialización de la vida diaria y la ani- quilación del tiempo y el espacio.

Poco después de que mencionara a Muybridge, el hombre me interrumpió: “¿Y estás enterada de que este año se publicó un libro muy importante sobre Muybridge?”

Estaba yo tan absorta en el rol de ingenua que me había sido asignado, que estuve perfectamente dispuesta a considerar la posibilidad de que otro libro sobre el mismo tema se hubiera publicado al mismo tiempo que el mío y de algún modo yo no me hubiera enterado. Mientras tanto, él ya me estaba explicando todo acerca de ese libro tan importante —con la mirada pretenciosa que identifico tan bien en un hombre cuando empieza a hablar sin parar, los ojos fijos en el horizonte difuso y lejano de su propia autoridad—.

Aquí resulta importante establecer que mi vida está espolvoreada de hombres maravillosos, de una larga sucesión de editores que me han escu- chado, animado y publicado desde que era joven, de la generosidad infinita de mi hermano menor, de amigos espléndidos de quienes podría decir, hablando de cada uno, que “con gusto aprendía y con gusto enseñaba” —como el erudito de Los cuentos de Canterbury, a quien todavía recuer- do tras conocerlo en el curso sobre Chaucer del Profesor Pelen—. Pero están también estos otros hombres. Así que don Muy Importante seguía de fanfarrón hablando sin parar sobre ese libro que yo tendría que conocer, cuando Sallie lo interrumpió para decir: “Ése es su libro”. O bueno, en todo caso, intentó interrumpirlo.

Él siguió en lo que estaba. Ella tuvo que repetir “Ése es su libro” tres o cuatro veces antes de que él finalmente pudiera digerir la información a pleni- tud. Y entonces, cual si estuviéramos en una novela decimonónica, palideció por completo. Las cate- gorías límpidamente delimitadas que organizaban su mundo se confundieron tan inmensamente ante el hecho de que yo, en efecto, resultara ser quien había escrito aquel libro tan importante —que él en realidad no había leído y que sólo conocía tras haber leído sobre él en el New York Times Book Review hacía unos meses— que se quedó sin palabras por un instante, antes de seguir hablando, sin parar, nuevamente. Al ser mujeres, nos aseguramos de estar a una distancia prudente antes de carcajearnos. Y realmente no hemos parado de reír desde entonces.

Me gustan este tipo de incidentes, aquellos donde fuerzas que por lo general resultan escurridizas y difíciles de señalar salen a rastras, desde lo hondo del pastizal, y se vuelven tan obvias como una ana- conda que se comió a una vaca o un mojón de mierda de elefante en medio de la alfombra.

LA PENDIENTE RESBALOSA DEL SILENCIAMIENTO

Sí, hay personas de ambos géneros que se plantan en eventos públicos para hablar sin parar sobre te- mas irrelevantes y teorías de conspiración. Pero la total, absoluta y beligerante confianza de quien en realidad es por completo ignorante resulta, en mi experiencia, una cuestión de género. Los hombres me explican cosas, a mí y a otras mujeres por igual, sin importar que sepan o no de qué están hablando. Algunos hombres.

Toda mujer sabe de lo que estoy hablando. Se trata de esa arrogancia que hace que las cosas se vuelvan difíciles, a veces, para cualquier mujer en cualquier profesión; la que incita a las mujeres a no hablar e impide que sean escuchadas cuando se atreven a hablar; ésa que silencia con fuerza a las mujeres jóvenes diciéndoles, de la misma forma en que lo hace el acoso callejero: “Éste no es tu mundo”. Nos entrena para limitarnos y dudar de nosotras mismas, mientras propicia un injustificado exceso de seguridad en los hombres.

No me sorprendería que la incapacidad para escuchar a Coleen Rowley, la mujer que trabajaba para el FBI y emitió las primeras advertencias sobre Al Qaeda, determinara parte de la trayectoria de la política de los Estados Unidos desde 2001. Sin duda estuvo marcada por el gobierno de Bush, a quien no se le podía decir nada, incluyendo el hecho de que Irak no tenía vínculos con Al Qaeda ni armas de destrucción masiva y que la guerra no iba a ser “pan comido”. (Ni siquiera los expertos que eran hombres pudieron penetrar esa fortaleza de soberbia.)

Puede que la arrogancia haya tenido algo que ver con la guerra, pero el síndrome al que me refiero es una guerra que prácticamente cualquier mujer debe enfrentar a diario, una guerra que ocurre den- tro de una misma y donde prevalece un sentimiento de insignificancia, la invitación al silencio, una batalla de la cual ni siquiera una carrera bastante exitosa como escritora (repleta de mucha investiga- ción e información empleada correctamente) me ha logrado salvar del todo. En definitiva, hubo un momento donde estuve dispuesta a permitir que don Muy Importante y su exceso de confianza en sí mismo derribaran mi propia certeza, mucho más endeble.

No olvidemos que yo he recibido mucha más confirmación de mi derecho a pensar y hablar que la mayoría de las mujeres. He aprendido también que dudar de una misma hasta cierto punto puede ser una buena herramienta para corregir, entender, escuchar y avanzar —pero dudar demasiado paraliza, mientras que la confianza absoluta produce idiotas arrogantes—. Hay un justo medio entre estos polos hacia los cuales los géneros han sido orillados, un cálido cinturón ecuatorial de estira y afloja, donde todos deberíamos encontrarnos.

Ejemplos mucho más extremos que esta situación existen, por ejemplo, en países de Medio Oriente donde el testimonio de una mujer no tiene 27 validez jurídica: una mujer no puede declarar que fue violada. Requiere de un testigo, que sea hombre, para contraargumentar la versión del hombre violador, cosa que rara vez sucede.

La credibilidad es una herramienta fundamental de supervivencia. Cuando yo aún era muy joven y apenas empezaba a entender de qué se trataba el feminismo y por qué era necesario, tenía un novio cuyo tío era físico nuclear. Una navidad, el tío nos contó —cual si fuera una historia de lo más ligera y divertida— que en su comunidad suburbana dedicada a la fabricación de bombas, la esposa de un vecino había salido desnuda, corriendo de su casa en medio de la noche, gritando que su esposo estaba tratando de matarla. Pregunté cómo sabían que el esposo no estaba tratando de matarla. Él me explicó, pacientemente, que ahí sólo vivían perso- nas respetables de clase media. En consecuencia, que-su-esposo-estuviera-tratando-de-matarla no era una explicación creíble para el acto de salir corriendo de la casa gritando que su esposo estaba tratando de matarla. Es decir que, más bien, estaba loca...

Incluso obtener una orden de restricción —un instrumento legal bastante nuevo— requiere que una tenga la credibilidad necesaria para convencer a un juez de que un tipo constituye una amenaza y después lograr que la policía haga cumplir esa or- den. Y, de todas formas, las órdenes de restricción muchas veces no sirven de nada. Una forma de silenciar a las personas es a través de la violencia, negándoles voz y credibilidad, imponiendo el de- recho a controlarlas por encima de su derecho a existir. Cerca de tres mujeres al día son asesinadas por sus parejas o exparejas en Estados Unidos. Es una de las causas principales de muerte entre mujeres embarazadas. La necesidad de darle credibilidad a las mujeres y de construir condiciones para que sean escuchadas se encuentra en el corazón de la batalla feminista por tipificar como crímenes actos como la violación, la violación durante citas románticas, la violación en el matrimonio, la vio- lencia doméstica y el acoso sexual en los lugares de trabajo.

Tiendo a creer que las mujeres adquirimos la condición de seres humanos cuando este tipo de actos comenzaron a tomarse en serio. Cuando empezamos a enfrentar por la vía legal las cosas grandes que nos detienen y nos matan, desde me- diados de la década de 1970 en adelante. Es decir, mucho después de que yo naciera. Y para aquellos que estén a punto de argumentar que el acoso sexual en el trabajo no pone en riesgo la vida de nadie, recordemos que todo parece indicar que un colega de mayor rango asesinó a Maria Lauterbach, una soldado de primera clase de la Marina de Estados Unidos de veinte años, durante una noche de invierno, mientras ella esperaba para testificar en su contra por violación. Los restos quemados de su cuerpo embarazado fueron encontrados en el fogón del patio trasero de él.

Que se afirme, categóricamente, que él sabe de 30 qué está hablando y ella no, sin importar cuan nimia resulte esa parte de la conversación, perpetúa la fealdad de este mundo y sofoca su luz. Después de la publicación de mi libro Wanderlust. Una historia del caminar, en el año 2000, me descubrí a mí misma mucho mejor preparada para resistir a esa intimidación que me separaba de mis propias percepciones e interpretaciones. En dos ocasiones durante esa época me opuse al comportamiento de un hombre, tan sólo para que se me dijera que esos incidentes no habían sucedido en abso- luto como yo los describía, que yo estaba siendo subjetiva, delirante, exagerada, deshonesta —en resumen, mujer—.

Durante casi toda mi vida hubiera dudado de mí misma y me hubiera echado para atrás. Tener un lugar en el espacio público como escritora de historia me ayudó a defender mi posición, pero pocas mujeres tienen ese empujón. Debe haber miles de millones de mujeres, en este planeta de siete mil millones de personas, a quienes se les insiste que no son testigos confiables de sus propias vidas, que la verdad no es de su propiedad, ni ahora ni nunca. Esto va mucho más allá de los hombres explicando cosas, pero forma parte del mismo archipiélago de arrogancia.

Los hombres me explican cosas, todavía. Y ningún hombre jamás me ha pedido disculpas por explicarme, mal, cosas que yo sé y ellos no. Aún no ha sucedido, pero, de acuerdo con los cálculos de los actuarios, es posible que me queden unos cuarenta y tantos años de vida por delante, más o menos, así que podría suceder. Aunque no tengo muchas esperanzas.

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